sábado, 25 de octubre de 2014

La Solución

El sonido de las gotas de agua que salían del grifo del lavamanos se perdía bajo el imponente sonido del Réquiem de Mozart que resonaba en el radio portátil que reposaba en una silla al interior del baño. El vapor del agua caliente dentro de la tina donde él se encontraba ascendía y formaba una capa de humedad en el techo de la cual de cuando en cuando caía una pesada gota al suelo. A un costado de la tina, en el suelo, yacía una botella medio llena de Jack Daniel’s. Todo su cuerpo se encontraba sumergido bajo el agua de la tina y lo único que sobresalía era su cabeza la cual dejaba ver sus ojos rojos por el llanto, los cuales poseían una extraña mirada ausente. A veces él extendía su brazo fuera del agua, tomaba la botella de whisky, daba un gran sorbo y la depositaba en el suelo de nuevo para luego volver a perderse en sus pensamientos. Al haberse terminado el contenido de la botella él salió de la tina revelando su excesivamente delgado cuerpo, se dirigió a su ropa que estaba tirada por el suelo y esculcó en un bolsillo de su pantalón, sacó algo de éste y volvió a ingresar a la tina dónde se quedó inmóvil por un largo rato… La piel en sus muñecas se abría lentamente tras el paso de la cuchilla como los pétalos de una rosa que se separan por  primera vez para recibir la luz del sol y la sangre empezaba a brotar libremente como el agua de un manantial recién descubierto, tiñendo el agua de la tina. Él comenzaba a sentir como el frio se apoderaba de su usualmente caluroso cuerpo y a medida que lo hacía, un pacífico letargo se posaba en todo su ser. Sus respiraciones se hacían cada vez más distantes las unas de las otras pero a la vez más profundas; como si él tratase de degustar en su respiración el olor del aire que pronto dejaría de acompañarlo. Con una profunda calma sus párpados empezaron a bajar sobre sus ojos como lo hacen las cortinas de un teatro para dar a entender que la obra ha llegado a su fin. Los pensamientos que pasaban por su mente como un desfile de plañideras se hacían cada vez más distantes los unos de los otros. Una última respiración profunda.

¡Corten! – gritó una voz en el set-

Los gritos de alegría y los aplausos brotaron del equipo técnico que se encontraba presente en el set de grabación. Los abrazos y las palmadas de felicitaciones iban y venían por doquier. Francisco sonrió complacido mientras lo abrazaban y lo felicitaban. Acababa de filmar la última escena de su más reciente película la cual había estado grabando por los últimos 3 meses.

Francisco era un exitoso director de cine, escritor, pintor y músico nacido en la ciudad de Bogotá a principios de los años 80’s quién desde una muy temprana edad manifestó sus fuertes inclinaciones artísticas. A sus 16 años ingresó a estudiar artes plásticas en una renombrada universidad de la ciudad y tras graduarse ingresó a estudiar dirección de cine y televisión. Él era ampliamente admirado por sus logros en el mundo artístico y por su brillante mente pero lo que pocos sabían era de sus profundas y prolongadas depresiones las cuales lo acompañaban desde el mismo momento en que manifestó esas aptitudes artísticas. En ocasiones él podía pasar varios meses encerrado en su casa sin salir de ella, sin hablar con nadie, comiendo mal y sin bañarse. Totalmente recluido en medio de su tristeza y de su dolor. Curiosamente esas mismas depresiones habían sido el motor creativo de Francisco. Sus épocas de mayor y mejor producción artística eran esas mismas en las cuales él desaparecía para, como un insecto, atravesar una completa metamorfosis y crear lo más hermoso fruto de su alma agonizante y decrepita.

Francisco salió del set de grabación sin despedirse de nadie. La depresión había estado golpeando a su puerta durante las últimas tres semanas y gracias al ajetreo de la grabación había logrado obviar su  incesante llamado, pero ya no podía hacerlo más. Era hora de sufrir como él sabía hacerlo, era hora de dejarse llevar una vez más, era hora de ser él mismo. El trayecto a su apartamento en el taxi le pareció eterno, no podía esperar a la hora de estar en su hogar para dejar que las lágrimas salieran de su ser llevando consigo el tóxico veneno que su alma cargaba. El taxi finalmente llegó a su destino y Francisco sin ser muy consciente de sus actos pago por el viaje, descendió del auto y con algo de automatismo abrió la puerta de su hogar.

Francisco ingresó arrastrando sus pies por una sala desordenada, llena de libros y papeles con escritos por doquier. Sobre la mesa de centro había un computador portátil, varios pocillos con restos de tinto y un cenicero lleno de colillas de cigarrillos sin filtro. Francisco cerró las cortinas de la sala y se dirigió a su habitación. Esta, al igual que la sala, estaba llena de libros, un caballete y varios frascos de pinturas regados por el suelo. Sobre un montón de ropa yacía una guitarra. Su cama estaba destendida y por la distribución de las cobijas se podía saber que no la había tendido en mucho tiempo. Al lado de esta había una pequeña mesa de noche con un equipo de sonido. Francisco lo prendió, puso un sobre usado cd de Nirvana con el álbum Unplugged, se quitó la ropa, se acostó en la cama y haló las cobijas hasta cubrir su cuerpo y cabeza con las mismas. A medida que los primeros acordes de la música empezaron a sonar las lágrimas también empezaron a salir de sus ojos como gritos que llevaban demasiado tiempo siendo contenidos. En ocasiones el llanto de Francisco, sus sollozos y sus gritos de desesperación se fusionaban perfectamente con la música que estaba sonando haciendo que alguna idea surgiera en su cabeza. Él sacaba la mano de las cobijas y la acercaba a su mesa de noche de donde tomaba una vieja agenda, tomaba un esfero, anotaba algo en ella y continuaba con su sesión de autocompasión.

Lentamente fueron transcurriendo las horas hasta que el sol empezó a ocultarse en el horizonte dando paso a la oscuridad de la noche. La música de Nirvana había cesado hacía ya un par de horas y Francisco no había querido pararse de la cama para volver a poner el cd. Hasta ese momento él había dejado pasar el tiempo en medio de sus dolores, sus pensamientos autodestructivos y las pesadas lágrimas que cargadas de tristezas y desesperaciones acumuladas caían de sus ojos como pesadas rocas arrojadas a un precipicio sin fondo. Un tenue rayo de luz se colaba por entre las cortinas de su habitación cayendo directamente sobre el rostro de Francisco lo cual lejos de incomodarle le causaba cierto consuelo. En medio de la penumbra a veces hay un rayo de luz –pensó, e inmediatamente se paró de la cama-. Se dirigió con cierto afán hacía la sala de su apartamento y prendió una pequeña lámpara que se encontraba en una de las esquinas. La luz de la misma era cálida y en cierta forma similar al rayo de luz que le golpeaba el rostro en su habitación. Se sentó en el sillón, tomó un montón de papeles y empezó a revisarlos con cuidado hasta que encontró una hoja en blanco. Tomó un esfero, apoyó la hoja contra la mesa de centro y se dispuso a escribir en ella:

“Querida Familia y Amigos…:” -empezó escribiendo Francisco-. La noche era extremadamente fría pero eso a él no le incomodaba, de hecho le gustaba. La lluvia había empezado a caer sobre Bogotá y el sonido de las gotas de agua que golpeaban contra la ventana de la sala mantenían un ritmo cadencioso y arrullador. En ocasiones Francisco levantaba la mirada del papel, dejaba de escribir, y miraba al vacío como tratando de encontrar la palabra adecuada que quería usar, luego volvía a clavar su mirada en el escrito y seguía escribiendo.  “…el día a día es cada vez más difícil de sobrellevar…” –continuó escribiendo-. El humo de un cigarrillo que él fumaba ascendía grácilmente hasta el techo como un alma debería de hacerlo al abandonar un cuerpo. Suavemente y con constancia. Al llegar al techo este humo se acumulaba formando una fina capa que bien podía semejar una nube que empieza surgir. Francisco tomaba el cigarrillo con fuerza y fumaba con ansiedad. Sus bocanadas eran largas y profundas y al exhalar el humo lo hacía aliviado, luego depositaba el cigarrillo en el cenicero y continuaba escribiendo. “Solo espero no estar tomando la peor decisión…” –escribió Francisco y tras hacerlo levantó su mirada, soltó el esfero, tomó el cigarrillo y se recostó en el sofá a fumar. El cigarrillo terminó rápidamente y él cayó en un profundo sueño.

Francisco podía reconocer la voz de quién le hablaba, era definitivamente “Doc.”, pero no lograba entender lo que esta decía. Era como si sus oídos estuvieran cubiertos por una especie de membrana que le impedía distinguir las palabras.  Él lo observaba atónito y con desconcierto tratando de entender que era lo que él le decía. El día estaba despejado y los fuertes rayos del sol que lograban colarse por entre el follaje de la selva le incomodaban. Él nunca se había considerado una persona amante de las mañanas. Él amaba las noches, el frío y la lluvia. En ese momento su desnudez no le importaba, al igual que tampoco parecía incomodarle a las dos ancianas que talaban un árbol cercano usando una vieja y oxidada segueta.  Doc. vestía la bata más blanca que Francisco jamás había visto en su vida y usaba una especie de venda que a pesar de cubrirle los ojos parecía no obstaculizarle la visión. Su hablar era en cierta medida monótono y adormecedor pero su rostro denotaba una emoción tal que hacía que Francisco lo viera con atención. En ocasiones parte del rostro de Doc y parte de su torso parecían volverse traslucidos y dejaban ver una gran montaña sin vegetación alguna, en esos momentos Francisco empezaba a sentir una gran angustia haciendo que su respiración se acelerara y el empezaba a gritar pero su voz no salía. Él hacía todo el esfuerzo pero era en vano. Doc continuaba dirigiéndose a él y al verlo en ese estado de angustia le posó la mano en el hombro y al hacerlo su cuerpo retorno a la normalidad a la vez que Francisco pudo escucharlo por primera vez.

-Todo lo que debes hacer es tomarte todas las pastillas de este frasco, una a una,  y así podrás estar mejor- dijo Doc mientras le daba a Francisco un frasco blanco sin etiqueta alguna.

Francisco tomó el frasco y lo observó con detenimiento mientras Doc proseguía con su irreconocible soliloquio.

-¿Qué pasará al tomarme estas pastillas?- preguntó Francisco con algo de resquemor, pero Doc pareció no ponerle atención y continuaba hablando sin parar, sin parar.

El cuerpo de Francisco cayó del sofá en medio de un sobresalto que lo despertó del profundo sueño en el que se encontraba inmerso. Él se quedó en el suelo por algunos segundos mientras trataba de recobrar las consciencia de donde se encontraba. Es mi apartamento, estoy en mi sala –se dijo a sí mismo-.  Hacía  mucho tiempo que ese sueño no se presentaba mientras dormía. Hubo una época en que todas las noches soñaba lo mismo, esa oscura época. Y esa noche, en ese estado en el cual él se encontraba, el sueño había regresado. Definitivamente debo hacerlo, ya es el momento –pensó Francisco mientras se reincorporaba del suelo y se dirigía hacia la cocina-. Una vez se encontró allá sacó un vaso de la alacena, tomó una botella de Stolíchnaya y sirvió el líquido en el vaso hasta que estuvo completamente lleno. Luego tomó el vaso, dio un leve sorbo del mismo, se dirigió a su habitación, depositó el vaso sobre la mesa de noche y se sentó en la cama. Los pensamientos daban vueltas en la mente de Francisco. Tenía miedo de continuar y a la vez tenía miedo de hacer lo que estaba a punto de  hacer. Sin pensarlo más se paró de la cama y se dirigió al closet y de uno de los cajones del mismo extrajo un pequeño frasco blanco sin etiqueta y volvió a sentarse en la cama mientras lo observaba con atención. La penúltima depresión de Francisco había sido terriblemente difícil de sobrellevar por lo que con la ayuda de un conocido había logrado hacerse a ese frasco con las pastillas. Según ese conocido las pastillas eran supremamente efectivas aunque nunca había conocido personalmente a alguien que las hubiese usado.

El sonido del líquido que acompañado por la pastilla eran deglutidos resonó con la gravedad propia de un grito de muerte. Francisco había tomado la primera pastilla con un sorbo de Vodka. La segunda pastilla no tardo en seguirle y así la tercera, la cuarta y demás. Un reloj que se encontraba sobre la mesa de noche marcaba para ese momento ya las 3:49 am cuándo Francisco tomó la última pastilla, se recostó en su cama y se arropó mientras una creciente sonrisa se manifestaba en su rostro. A medida que los minutos iban pasando y hasta que las pastillas cumplieran su cometido, Francisco exhalaba con fuerza y con cierto alivio. Gradualmente dichas exhalaciones se fueron haciendo más y suaves y más separadas las unas de las otras y sus ojos se fueron cerrando por completo.

El timbre del teléfono del apartamento de Francisco sonaba incesantemente sin que nadie lo contestara. Al callarse pasaban algunos pocos segundos en silencio y volvía a sonar sin respuesta alguna. Sobre la mesa de noche de la habitación de Francisco yacía el frasco de las pastillas, vacío, y el vaso donde estaba el vodka, el cual estaba igualmente vacío. En la sala, en medio del desorden de papeles sobre la mesa de centro aún se encontraba la nota que Francisco había escrito la noche anterior y la lámpara aún se encontraba encendida.


En una de las esquinas de la habitación se encontraba Francisco con una gigante sonrisa sobre su rostro que parecía ser una máscara bajo la cual él ocultaba el dolor más agobiante. Sus ojos estaban ampliamente abiertos y rojos y su mirada estaba cargada de angustia y desesperación. Un solitaria lágrima se deslizaba por su mejilla derecha como tratando de pasar inadvertida. Sobre el regazo de Francisco él tenía el computador portátil y se encontraba escribiendo en medio de un frenesí. El escrito tenía, para ese entonces, 37 páginas por lo que él debía llevar un buen rato escribiéndolo. El escrito se componía de un solo párrafo que se repetía constantemente: “Ya no estoy deprimido. Sonrío.” 

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Under / Puke Session No. 19

Unwanted
Uncomfortable
Unholy
Unfitted
Uneasy
Unavailable
Unhappy
Undesired
Uncommunicative
Unstable
Unloved
Unpleased
Unreal
Unsocial
Unpromising
Unviable

martes, 16 de septiembre de 2014

¡Ay! ¡Amores!

Hay amores que nos hacen mejores personas.
Hay amores que se llevan pedazos de nuestras almas consigo.
Hay amores que restauran nuestra fe en la humanidad.
Hay amores que entumecen el corazón al partir.
Hay amores que anhelamos.
Hay amores que nos abandonan.
Hay amores que ilusionan.
Hay amores no correspondidos.
Hay amores que son dignos de ser perpetuados en cuentos.
Hay amores que se pierden en el olvido.
Hay amores que florecen como las flores del cerezo.
Hay amores que nos roban la vida.
Hay amores que duran siglos.
Hay amores que duran solo algunos minutos.
Hay amores que encontramos por las calles.
Hay amores que extraviamos en medio de nuestras estupidez.
Hay amores que nos llenan la existencia de alegría.
Hay amores que nunca fueron tales.
Hay amores que esperamos sentados con calma.
Hay amores que hacen llorar.
¡Ay!
¡Amores!

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Tuesday

I scream
I laugh
I moan
I smile
I take myself on long walks so I don’t die
I pretend
I break
I decay
I cry
I make an effort just to rely
I burn
I mourn
I hate
I explode
I convince myself there’s nothing wrong
I hope
I dream
I sleep
I, I rest.

domingo, 31 de agosto de 2014

Vida III

Mi cuerpo lentamente se marchita como los pétalos de una flor, otrora bella, otrora hermosa.

Mis ojos, qué antes poseían el fulgurante brillo de la juventud y la ilusión, ahora se limitan a ver tras el opaco velo de la decepción.

Mi rostro ya no refleja alegría alguna. Se ha llenado de arrugas, las cuales no son más que las cicatrices que el tiempo va dejando sobre él.

Mis piernas ahora no son más qué dos patéticos remedos de lo que solían ser. Ante el más mínimo esfuerzo tiemblan cómo presintiendo su propia ruptura, lo cual me ha confinado a la inmovilidad.

Mi corazón, golpeado por los desamores, se limitó a bombear sangre al cuerpo y ahora, presa de la soledad, añora con detenerse y descansar.

Mi alma, o lo qué aún queda de ella, también acusa el paso de los inviernos.  Ahora está arrugada y llena de remiendos que han impedido que se rompa por completo.

Mis ilusiones se fueron rompiendo una a una cómo huevos lanzados contra las paredes de mi existencia, dejando solo regueros que con el tiempo empezaron a heder.

Mis momentos de felicidad, escasos, fueron arrancados de mi pecho por la vida con una sistemática e inmisericorde rigurosidad dejando vacíos inconmensurables.


Y así, ahora me encuentro sentado frente a la puerta de mi casa esperando a que la muerte se presente finalmente ante mí para así yo tomar de su fría y firme mano y empezar un nuevo relato, una nueva historia. Un nuevo comienzo. 

jueves, 28 de agosto de 2014

Just...

Just 217 breaths away.
Would your cold lips meet mine?
Just 154 breaths away.
Would you caress me?
Just 73 breaths away
Would you hug me?
Just 7 breaths away.
Would you take good care of me?
Just 1 breath away.
Will you love me?

Vida II

Pretendemos luchar.
Pretendemos sentir.
Pretendemos cordura.
Pretendemos poder.
Pretendemos felicidad.
Pretendemos valentía.
Pretendemos resistencia.
Pretendemos fortaleza.
Pretendemos que todo está bien.
Pretendemos soñar.
Pretendemos reír.
Pretendemos triunfar.
Pretendemos amar.
Pretendemos ser.
Pretendemos resistir.
Pretendemos hacer.
Pretendemos no tener angustia.
Pretendemos vivir.

jueves, 21 de agosto de 2014

Steve Carson

El sonido de las gotas que caían afuera de la iglesia en los abundantes charcos dejados por la lluvia hacían que la ansiedad creciera al interior de su ser. Él se encontraba arrodillado y balanceaba su cuerpo con un acompasado ritmo que podía bien recordar el suave vaivén de una mecedora en la cual un anciano se mece mientras aguarda a que la muerte se presente ante él. Su cabello brillaba con la tenue luz de la luna que se filtraba por una de las ventanas.  Su voz, interrumpida por repentinas bocanadas de aire, musitaba claramente el Padre nuestro sin cesar. A veces paraba su rezo, levantaba la cabeza y observaba a su alrededor. Al hacerlo se podían ver sus grandes ojos cafés, los cuales brillaban debido a las lágrimas que no paraban de manar de ellos. Luego volvía a bajar su cabeza y proseguía con su rezo. Eran ya las 7 y 50 de la noche del martes 23 de junio de 1977, Steve se disponía a romper el quinto mandamiento de la ley de Dios.
Steve había nacido en una familia protestante del interior de Estados Unidos. Su padre, Jack Carson, era el ministro de una acogedora iglesia en el pueblo donde residían. Su madre, Maggie Carson, era una abnegada ama de hogar, esposa, mamá y devota creyente de las leyes de Dios.
Steve pasó su infancia en el tranquilo pueblo donde nació, en medio de una sociedad religiosa y moralista, lo cual a él nunca le molestó, por el contrario se podría decir que fue un niño feliz. A sus 10 años Steve enfrentó el que sería el momento que cambiaría radicalmente su vida de ahí en adelante.
La mañana del 7 de Junio de 1956 aquel tranquilo, religioso y moralista pueblo del interior de Estados unidos se sacudió ante el cruel y despiadado asesinato del ministro y su esposa. La casa donde habitaban ellos junto a su hijo Steve fue irrumpida a la madrugada y sus ocupantes amarrados y amordazados mientras robaban todo el contenido de la misma. Al finalizar el hurto, sin explicación alguna, el ladrón se aproximó a la pareja de esposos y los degolló mientras obligaba a Steve a ver cómo se desangraban hasta morir. Steve quedó amarrado y amordazado junto a los cadáveres de sus padres hasta qué en la mañana alguien descubrió la dantesca escena.
A partir de ese nefasto momento Steve ingresó al sistema educativo del estado, lo cual implicó constantes cambios de colegio y pueblos a lo largo de sus años como estudiante. Al cumplir los 16 años y haberse graduado, decidió seguir los pasos de su padre y ordenarse como ministro, pero al empezar su formación descubrió que a pesar de su profunda religiosidad no se sentía preparado para poder ayudar y servir a otros con la devoción que era requerida en la posición que asumiría al ser ministro, así que empezó lo que sería un viaje de dos años por los Estados Unidos en lo que él mismo autodenominó “su viaje de descubrimiento”. Durante esos dos años Steve trabajó en cuánto empleo encontraba en los pueblos donde llegaba y con ese dinero seguía su trayecto hasta el siguiente pueblo. Finalmente un día se encontró de regreso a su pueblo natal, al que no iba desde los 10 años, y decidió quedarse allí.  
El pueblo aún recordaba bien al hijo del ministro y su esposa, por lo que fue acogido inmediatamente. Su primer y único empleo fue de ayudante del carpintero del pueblo, empleo en el que duraría durante los siguientes 8 años hasta suceder al carpintero y asumir su posición. Steve nunca habló del incidente de sus padres con nadie a pesar de que muchos sabían lo sucedido. Cada vez que él era indagado sobre el mismo, él simplemente se limitaba a decir que los caminos del Señor son complejos pero han de ser transitados, pues esa es su voluntad. Con el paso del tiempo dicho incidente fue quedando en el olvido tanto para los habitantes del pueblo como para Steve. Los años fueron acumulándose hasta que el martes 23 de junio de 1977 fue la fecha oficial en el calendario.
El día transcurrió con completa normalidad, clientes, maderas, puntillas y demás gajes propios de su oficio. A las 3 de la tarde la campana que anunciaba que alguien había llegado al local sonó por lo que Steve, diligentemente, abandonó el taller y se dirigió al mostrador para ver quién era.
Steve no había dejado el martillo en el taller por salir a recibir al visitante. Al ver su rostro la mano de Steve asió el mango del martillo con tal fuerza que la circulación en la misma se detuvo brevemente. El hombre qué entró era bastante mayor y con un rostro adusto que revelaba una vida difícil, dura y llena de momentos complicados, pero aquel rostro, a pesar del paso de los años nunca sería borrado de su memoria. ¡Era el asesino de sus padres!

-Buenas tardes señor. ¿En qué le puedo ayudar? – dijo Steve tratando de mantenerse calmado. Estaba seguro que el asesino no lo reconocería después de tantos años.


-¿Cuánto me cobra por arreglar una vieja mesa de centro qué tengo en casa? – Dijo el visitante-


-4 dólares, señor. Pero noto que no la trajo consigo. – Dijo Steve-


-Sí. Es muy grande. Usted tendría que venir a mi casa. –dijo el visitante con interés- Lo que sucede es que una de las patas de la mesa…


El asesino de sus padres continúo explicándole el daño de la mesa y muchos otros detalles, pero Steve no le prestaba atención. Lo único qué pensaba en ese momento era en darle un fuerte martillazo en su rostro y hacer que sufriera lo que sus padres sufrieron. Con algo de ansiedad empezaba a agitar el martillo en su mano mientras automáticamente asentía a todo lo que el visitante decía.


-Entonces, ¿le parece a las 8 de la noche? –dijo el visitante- Cómo le dije, mi casa es justo al lado de la de John Flack.


Esa era la oportunidad perfecta de matarlo, en su hogar. Justo como él lo había hecho con sus padres. –pensó Steve, mientras le decía que estaría allá muy puntual.


-Usted esté tranquilo señor… ¿cómo es su nombre? – preguntó Steve-


-Brian –dijo el visitante algo cortante-


-Usted esté tranquilo, Brian. ¡No llegaría tarde ni un solo minuto a esta cita! –concluyó Steve.


El visitante salió de la carpintería despidiéndose a la carrera. Una vez el visitante estuvo afuera Steve dio un fortísimo martillazo sobre el mostrador rompiendo el vidrio que lo cubría. Nunca en todos los años que había transcurrido desde el incidente había pensado en cobrar venganza. Nunca en todos esos años siquiera había sopesado que pudiese tener la oportunidad de hacerlo. Y ahí estaba la oportunidad servida en bandeja de plata y Steve, a pesar de su profunda religiosidad, no planeaba dejarla pasar.

El resto de la tarde fue terriblemente difícil para Steve. Su deseo de cobrar venganza era muy fuerte, aún más que sus convicciones religiosas, pero al mismo tiempo él sabía que no debía matarlo, que debía llamar a la policía y denunciarlo. No podía concentrarse en su trabajo. Salía del taller, volvía a entrar. Su ansiedad aumentaba con el paso de cada segundo hasta el punto que tomó una silla y la rompió contra una de las paredes del taller mientras gritaba.  No podía más soportar lo qué sentía así que tomó sus herramientas y las guardó en su maletín junto con varios metros de soga y algunos trapos. Cerró el local  y se dirigió a dónde creería podría tomar una decisión de qué hacer. La iglesia.
El camino a la iglesia tomaba unos 15 minutos a pie y la lluvia había empezado a caer copiosamente pero a Steve no le importó. En ese momento caminaba como un zombie completo obviando a la gente que a veces lo saludaba. Solo pensaba en si matar al asesino de sus padres o si no hacerlo. Solo quería llegar a la iglesia. Al llegar a esta entró sin reparar en la gente en su interior. Depositó su maletín en una butaca, se arrodilló y empezó a rezar. A veces paraba su rezo, levantaba la cabeza y observaba a su alrededor. Al hacerlo se podían ver sus grandes ojos cafés, los cuales brillaban debido a las lágrimas que no paraban de manar de ellos. Luego volvía a bajar su cabeza y proseguía con su rezo. Eran ya las 7 y 50 de la noche del martes 23 de junio de 1977 y Steve se disponía a romper el quinto mandamiento de la ley de Dios. Ya había tomado una decisión. Pecaría.
Se levantó, cogió su maletín y salió de la iglesia en absoluto trance. Él sabía bien que si se detenía a pensar mucho en lo que haría se arrepentiría.
El trayecto hasta la casa de Brian era corto pero la ansiedad, la angustia y el miedo hicieron qué para Steve fuese aún más corto. 8 en punto de la noche y Steve estaba frente a la puerta, golpeó.

-Buenas noches. Me gusta eso, la gente puntual. – dijo Brian-


-Cómo le dije en la carpintería, Brian, no llegaría tarde ni un solo minuto a esta cita. –dijo Steve sin mirar a su interlocutor.


Brian hizo pasar a Steve al interior de la casa y cerró la puerta.


La sala de la casa estaba iluminada por una par de lámparas viejas y por lo que se podía ver era evidente que Brian no compartía ese lugar con nadie. En un costado había un viejo sofá que a leguas denotaba que nunca había sido limpiado, un par de sillas y frente a estas, la mesa de centro.

Brian le indicó la mesa a Steve y le dijo que esperaba que la arreglara lo antes posible. Steve se dirigió a esta y sin ninguna intención de arreglarla le habló a Brian.

-Y dígame Brian, ¿hace mucho vive en el pueblo? No lo había visto antes.


-Viajo mucho. –respondió Brian cortante-


-Veo. –dijo Steve-   


Steve empezó a sacar las herramientas del maletín dándose cuenta qué no había realmente planeado cómo atacar al asesino de sus padres. Seguramente él era mucho más diestro a la hora de pelear por lo que todo podría salir mal. Steve empezó a arreglar la mesa mientras pensaba cómo hacerlo.


-Brian, ¿me da un vaso con agua por favor? -le preguntó Steve-


Brian sin decir palabra se dirigió a la cocina para servir el vaso con agua. Tomó un vaso sucio y empezó a llenarlo con agua del grifo. De repente el vaso cayó al lavaplatos rompiéndose y acto seguido Brian cayó al suelo inconsciente. Detrás de él estaba Steve con el martillo en la mano.

Al recobrar la conciencia Brian, se descubrió atado a una de las sillas de la sala y amordazado mientras Steve sollozaba al verlo. Los esfuerzos por liberarse fueron en vano, Steve se había asegurado que no pudiera soltarse. Brian se quedó quieto y parecía estar en calma mientras Steve no paraba de sollozar.

-¿Usted recuerda el apellido Carson? –le preguntó Steve entre sus sollozos-


Brian negó con la cabeza. Mientras con sus ojos miraba a su alrededor tratando de encontrar una forma de liberarse.


-¿No recuerda al ministro Jack Carson? ¿Hace 21 años? ¿A Maggie Carson?  ¿Su esposa? –preguntó Steve mirando a Brian a los ojos directamente-


Brian no hizo ningún movimiento, solo bajó la cabeza. Steve se acercó a Brian y le quitó la mordaza.


-¿Por qué los asesinó? ¿Por qué lo hizo? ¡Éramos Felices! –le gritó Steve con lágrimas en sus ojos-


-La historia es larga, pero si la quiere oír, se la diré- dijo Brian-


Hace 31 años –comenzó Brian- tuve una hermosa esposa y al igual que usted y su familia éramos felices los dos. Un buen día mi esposa quedó embarazada de un varón y yo no cabía de la dicha. ¿Quién no es feliz con un varón? –preguntó Brian para sí mismo y continúo con su relato-. Un buen día mí esposa enfermó y tuve qué llevarla al doctor. Ella duró enferma tres días y el último día de su enfermedad el ministro, ¡sí, su padre!, fue a casa y se encerró con ella y el doctor, a mí no me permitían verla en ese momento.


Mientras Brian continuaba con su relato Steve lo seguía con mucha atención.


Pasaron varias horas y yo me moría de la angustia –continuó Brian- hasta que finalmente el doctor salió y me dio la mala noticia. La funesta noticia –recalcó Brian mientras una pequeña lágrima escurría por su usualmente adusto rostro-. Mi amada, mi Mary, había muerto junto con mi hijo. ¡Mi bebé! –exclamó Brian con dolor- Con ese dolor tan profundo entré a la habitación y la vi a ella ahí, sin vida y exigí ver el cuerpo de mi bebé pero el doctor me dijo que el ministro había partido con él para darle cristiana sepultura y evitar así que quedara en el limbo de los no bautizados. En ese preciso instante mi dolor no me permitió ver la realidad…


Brian, miró a Steve a los ojos y le dijo:


-Su padre. El buen ministro, ¡me robó mi hijo! –grito Brian mientras empezaba a llorar- Usted, es mi hijo y el ministro me lo robó y por eso merecía morir. –dijo Brian mientras bajó la mirada llorando-


Para ese instante Steve no sabía qué pensar, qué hacer, qué decir. Si creerle o no. No sabía si matarlo o no. ¿En verdad era su padre? ¿Su padre, el ministro, podía haber hecho eso?


-¡Eso es imposible! –exclamó Steve en medio de su incredulidad y confusión-


-Sé que es difícil de creer, hijo… -dijo Brian mirándolo de nuevo- pero es la verdad y se lo puedo probar.


Steve siguió mirándolo con asombro mientras le exigió que lo hiciera.  


Brian le indicó que se dirigiera a una mesa que se encontraba al respaldo de donde los dos se encontraban y que en el tercer cajón de la izquierda encontraría una pequeña caja de seguridad, que se la trajera. Steve hizo exactamente lo que Brian le dijo y puso la caja en el regazo de Brian.


-Hijo, espero que no te moleste que te diga así –se interrumpió Brian- solo desátame una mano para poder abrirla y te mostrarte. Sé que desconfías aún, pero ya lo veras.


Steve, quién a esa altura del relato ya había perdido un poco su prevención y el deseo de matarlo le desato la mano derecha. Brian, con algo de torpeza abrió la caja y de su interior sacó una foto qué el tiempo había teñido de amarillo, sé la dio a Steve y se quedó mirándolo.

Steve tomó la foto y la observó. En ella estaba una joven mujer embarazada. Steve la miraba sin comprender mucho como esa podría ser la prueba definitiva, pero de seguro esa mujer había de ser la mujer del relato, su verdadera madre.

-Hijo, es tarde para esto, pero regálale un abrazo a tu verdadero padre. –le dijo Brian mirándolo con la ternura propia de un padre-


Steve se aproximó y lo abrazo.


El rostro de Steve se iluminó a medida que lo hacía y mientras Brian ponía su brazo derecho a su alrededor se sentía como el abrazo de un padre. Se sentía bien. Brian mientras tanto empezó a susurrarle al oído qué Dios no lo perdonaría nunca por sus pecados pues él había sido un mal humano y remató diciendo:


-Igual de imbécil al ministro.



Un leve destello de luz dejó ver la hoja del cuchillo en la mano derecha de Brian mientras un profuso chorro de sangre empezó a brotar del cuello de Steve mientras su rostro palidecía…
-Padre, abrázame que voy a tu encuentro. –alcanzó a musitar Steve mientras su cuerpo caía al suelo y la vida se extinguía de su ser.


miércoles, 13 de agosto de 2014

Conjugación de la Idiotez

Yo te abandono.
Tú me abandonas.
Él la abandona.
Ella lo abandona.
Nosotros nos jodemos.
Vosotros os jodéis.
Ellos se joden.


miércoles, 7 de mayo de 2014

Sin Título -- "Miedo de quién escribe"

Hoy las palabras, al verme en mi estado actual, me evaden. Les estiro mis manos suplicándoles que no me dejen, que no me abandonen, pero mis ruegos no llegan a sus oídos. Me ignoran, me juzgan. Hoy las palabras me traicionan, me dan la espalda dejándome en la fría soledad de la inexpresividad, de la nada absoluta. Les grito llamándolas, exigiéndoles que me acompañen en este instante pero no me prestan atención. Hoy las palabras se enrarecen con los sentimientos que ellas conllevan, que yo cargo. Me escupen, me pegan.  Me postro a sus pies implorándoles que me amen una vez más, que me recorran el alma. Me detestan, me lastiman. Hoy las palabras huyen de mi asqueadas y las pocas que logro mantener están en mi alma desgarrándola a cada respiración. Corro detrás de las palabras para alcanzarlas, pero de ellas ya solo queda un recuerdo que he olvidado.  Me odian, me humillan. Hoy la palabras, las pocas que me quedan, se atragantan en mi ser tratando de huir de mí.  Afanado las busco en sus escritos pero ya no las veo; en mi biblioteca tengo muchos libros con hojas en blanco. Me asesinan, me dejan solo. Hoy las palabras, al verme en mi estado actual, lloran por mí y se compadecen.  

miércoles, 30 de abril de 2014

Un Final Feliz

Durante los últimos tres meses de su vida, desde el preciso instante en que él se enamoró de ella, la felicidad había hecho de su alma su morada. Ella apareció en su vida en el momento más difícil. Él acababa de recibir la peor noticia de toda su existencia y la depresión y la desesperanza se habían apoderado de él.
Ellos se conocieron un día lluvioso, uno de esos días en que todos están tristes pero que a ellos les parecían hermosos. Él caminaba bajo la lluvia pensando en su futuro. Ella estaba en una tienda tomándose una cerveza, sola. En el momento en que él pasó frente a la tienda sus se cruzaron. Él entró a la tienda, ordenó un tinto negro sin azúcar, y sin pedir permiso se sentó en la mesa de ella. Ella sin molestarle esto empezó a hablarle, y ambos hablaron por 2 horas como si se conocieran de toda la vida.  
Los siguientes días transcurrieron entre extensas conversaciones por internet y alguna eventual plática por teléfono. Él bien sabía que ella era y sería la mujer de su vida. Lo supo desde el mismo instante en que sus miradas se cruzaron. Al acostarse a dormir, solo, él solía pretender que ella estaba a su lado y abrazaba a ese ser imaginario que lo acompañaba en su soledad.
El acuerdo entre los dos había sido claro desde un principio. Ella no estaba lista para tener una relación sería, él por su lado, la asumiría como su novia y la amaría sin medida, era lo que su corazón le decía que era lo correcto hacer en esa situación. Y así fueron pasando los días y las semanas, él enamorado con su alma y sonriendo a cada oportunidad que la vida y su compañía se lo permitían, ella feliz de sentirse acompañada.  A veces en las noches él dejaba que la natural y usual tristeza se apoderara de su alma momentáneamente, ante lo cual las lágrimas huían hacía la libertad del olvido. Él pensaba que sería bonito que ella fuese en verdad su novia, que sería bonito que eso durase muchos años, que sería bonito haberla conocido mucho antes, pero no era así ni lo sería. Luego de pensar eso simplemente agradecía el hecho de que ella estuviera presente en su vida y que le permitiese amarla. Sin ella saberlo, el amor que él por ella profesaba hacía de su vida más llevadera.
El final se acercaba y él lo sabía. La pérdida de peso había sido constante, los malestares y el dolor. El final se acercaba y él lo sabía. Su distancia, su silencio.
Esa tarde los dos se vieron en uno de los tantos bares que solían frecuentar. Él sabía qué iba a pasar. Ambos se sentaron en una mesa alejada de la muchedumbre y ordenaron dos cervezas. Mientras estas llegaban ninguno de los dos habló. Ella miraba al techo, él le acariciaba el rostro. Al llegar las cervezas ella empezó a hablar. Habló por horas de todo lo que sentía por él, de todo lo que quería a su lado, de todo el bien que él había hecho en su vida, de sus dolores y de sus miedos. Él solo callaba y la observaba, no prestaba atención a lo que ella decía pues bien sabía qué iba a decir. En su mente había imaginado ese momento muchas veces, era inevitable y él era consciente de ello. Al ella finalizar su extenso argumento con las palabras “lo siento amor, no puedo”, él respondió con un “gracias” y un “te amo”. Tomó su rostro con cariño y la besó fuertemente, ella se dejó. Luego él se paró de la mesa y salió del bar sin voltear a mirar atrás. Nunca volvieron a saber el uno del otro.
Los siguientes dos días de él fueron muy difíciles. Los malestares eran constantes y ya no podía comer. Se encontraba postrado en la cama sin poder moverse mucho. Los dolores eran insoportables pero aun así lograba sonreír al recordarla, al recordar su felicidad. El frío era cada vez más fuerte y penetrante. Con esfuerzo logró arroparse y pretendió que ella estaba a su lado para que lo acompañara en sus últimos instantes. No paró de recordarla ni pensarla hasta que finalmente se quedó dormido completamente y no despertó más.  


Luego de varios años de luchar contra un cáncer él había fallecido. En su rostro no se podía leer el dolor que lo había acompañado. Solo se veía la más placida de las sonrisas. Su último pensamiento fue ella.

domingo, 27 de abril de 2014

Aquel Día

Aquel día quise escribirte una canción.
Aquel día quise decirte mil palabras de amor.
 Aquel día quise regalarte la felicidad eterna.
Aquel día quise  escribirte un soneto.
Aquel día quise para ti lo más bello.
Aquel día me di cuenta de que tú y yo somos todo lo anterior.