miércoles, 30 de abril de 2014

Un Final Feliz

Durante los últimos tres meses de su vida, desde el preciso instante en que él se enamoró de ella, la felicidad había hecho de su alma su morada. Ella apareció en su vida en el momento más difícil. Él acababa de recibir la peor noticia de toda su existencia y la depresión y la desesperanza se habían apoderado de él.
Ellos se conocieron un día lluvioso, uno de esos días en que todos están tristes pero que a ellos les parecían hermosos. Él caminaba bajo la lluvia pensando en su futuro. Ella estaba en una tienda tomándose una cerveza, sola. En el momento en que él pasó frente a la tienda sus se cruzaron. Él entró a la tienda, ordenó un tinto negro sin azúcar, y sin pedir permiso se sentó en la mesa de ella. Ella sin molestarle esto empezó a hablarle, y ambos hablaron por 2 horas como si se conocieran de toda la vida.  
Los siguientes días transcurrieron entre extensas conversaciones por internet y alguna eventual plática por teléfono. Él bien sabía que ella era y sería la mujer de su vida. Lo supo desde el mismo instante en que sus miradas se cruzaron. Al acostarse a dormir, solo, él solía pretender que ella estaba a su lado y abrazaba a ese ser imaginario que lo acompañaba en su soledad.
El acuerdo entre los dos había sido claro desde un principio. Ella no estaba lista para tener una relación sería, él por su lado, la asumiría como su novia y la amaría sin medida, era lo que su corazón le decía que era lo correcto hacer en esa situación. Y así fueron pasando los días y las semanas, él enamorado con su alma y sonriendo a cada oportunidad que la vida y su compañía se lo permitían, ella feliz de sentirse acompañada.  A veces en las noches él dejaba que la natural y usual tristeza se apoderara de su alma momentáneamente, ante lo cual las lágrimas huían hacía la libertad del olvido. Él pensaba que sería bonito que ella fuese en verdad su novia, que sería bonito que eso durase muchos años, que sería bonito haberla conocido mucho antes, pero no era así ni lo sería. Luego de pensar eso simplemente agradecía el hecho de que ella estuviera presente en su vida y que le permitiese amarla. Sin ella saberlo, el amor que él por ella profesaba hacía de su vida más llevadera.
El final se acercaba y él lo sabía. La pérdida de peso había sido constante, los malestares y el dolor. El final se acercaba y él lo sabía. Su distancia, su silencio.
Esa tarde los dos se vieron en uno de los tantos bares que solían frecuentar. Él sabía qué iba a pasar. Ambos se sentaron en una mesa alejada de la muchedumbre y ordenaron dos cervezas. Mientras estas llegaban ninguno de los dos habló. Ella miraba al techo, él le acariciaba el rostro. Al llegar las cervezas ella empezó a hablar. Habló por horas de todo lo que sentía por él, de todo lo que quería a su lado, de todo el bien que él había hecho en su vida, de sus dolores y de sus miedos. Él solo callaba y la observaba, no prestaba atención a lo que ella decía pues bien sabía qué iba a decir. En su mente había imaginado ese momento muchas veces, era inevitable y él era consciente de ello. Al ella finalizar su extenso argumento con las palabras “lo siento amor, no puedo”, él respondió con un “gracias” y un “te amo”. Tomó su rostro con cariño y la besó fuertemente, ella se dejó. Luego él se paró de la mesa y salió del bar sin voltear a mirar atrás. Nunca volvieron a saber el uno del otro.
Los siguientes dos días de él fueron muy difíciles. Los malestares eran constantes y ya no podía comer. Se encontraba postrado en la cama sin poder moverse mucho. Los dolores eran insoportables pero aun así lograba sonreír al recordarla, al recordar su felicidad. El frío era cada vez más fuerte y penetrante. Con esfuerzo logró arroparse y pretendió que ella estaba a su lado para que lo acompañara en sus últimos instantes. No paró de recordarla ni pensarla hasta que finalmente se quedó dormido completamente y no despertó más.  


Luego de varios años de luchar contra un cáncer él había fallecido. En su rostro no se podía leer el dolor que lo había acompañado. Solo se veía la más placida de las sonrisas. Su último pensamiento fue ella.

domingo, 27 de abril de 2014

Aquel Día

Aquel día quise escribirte una canción.
Aquel día quise decirte mil palabras de amor.
 Aquel día quise regalarte la felicidad eterna.
Aquel día quise  escribirte un soneto.
Aquel día quise para ti lo más bello.
Aquel día me di cuenta de que tú y yo somos todo lo anterior.

jueves, 24 de abril de 2014

Una Noche

Y nuevamente me encontraba en un callejón, borracho y golpeado, luchando en vano por levantarme del suelo y al mismo tiempo luchando por no levantarme nunca. Como siempre solía suceder ante la primera manifestación de alguno de mis incontables miedos, ante algún dolor o ante alguna frustración, salía en búsqueda de mi anestesia.  La verdad no necesitaba de mucho para correr a buscarla. Maravillosa ambrosía que me mantenía en pie y paradójicamente me tumbaba al suelo.

Esa tarde, uno de mis innumerables miedos me saludó e inmediatamente sentí llegar todo. Los síntomas eran inequívocos, temblores, visión nublada y sudoración excesiva.  Cómo siempre, todo tomaba la forma de un recuerdo que golpeaba a mi puerta, y necesitaba olvidarlo. Al salir de mi empleo me dirigí al bar más cercano, instintivamente, como el bebé busca la teta de su madre para saciarse. Abrí la puerta y entré. Rápidamente me senté a la barra, y pedí lo que yo siempre he llamado “el combo alegría”. Una cerveza negra y un buen vaso de whisky.  Tomé un agradable sorbo del whisky y luego uno de cerveza. No voy a estar triste, solo me voy a relajar un rato, me dije a mi mismo mientras lo hacía.

El primer combo se acabó rápidamente así que pedí el segundo y luego el tercero. Ya para el cuarto combo sentía que por mi cuerpo fluía ese extraño bienestar que siempre encontraba en mi anestesia. El miedo se desvanecía, el dolor se calmaba y todo estaba como debía ser…

…el sonido de las botellas de cerveza al chocarse para brindar sonó. Ese tipo es re buena gente, pensé, a medida que tomaba un sorbo de la cerveza y uno de whisky. Me encantaba que la gente pudiera ver que soy un buen ser humano, con valores y con un gran corazón…

…definitivamente era el mejor consejo que podía haber recibido en la vida y sabía que nunca lo olvidaría. Era extraño, pensé, que tras todos esos años de vida fuese a encontrar esas palabras en ese sitio, en ese bar. Me acerqué al cantinero y le pedí un combo…

…realmente no prestaba atención a las palabras que ella me estaba diciendo en ese instante. Lo único en mi mente era la imagen de mi esposa, bueno, ex esposa. Cada movimiento de mi interlocutora me recordaba a María. Tomé un profundo sorbo de whisky mientras ordenaba otro y de paso le invitaba un coctel a ella…

…yo dejaba que el humo del cigarrillo saliera por si solo por mi nariz. A veces jugaba tratando de mezclar el humo con mi vaho. La lluvia caía copiosamente mientras yo me resguardaba bajo un improvisado techo. Tenía frio y me sentía solo. En ese momento el ruido del interior del bar me molestaba un poco pero volví a entrar…

…ver caer las lágrimas por tu rostro me recuerda a las gotas de lluvia al caer sobre un charco -dijo ella-. Yo seguí llorando mientras me recosté en su regazo rogándole que se fuera conmigo esa noche, solo esa noche. Yo no le pedía sexo, solo que pretendiera amarme…

…el bar se encontraba ya casi solo, al igual que mi alma. Solo quedaban algunas personas que reían a la distancia. En la mesa donde me encontraba había varias botellas vacías de cerveza, vasos de whisky y una botella de aguardiente con algo más de 5 sorbos de alcohol. Tomé la botella y me tomé el resto del alcohol sin detenerme. La silla al lado ya no estaba ocupada. Pedí medía de aguardiente y una cerveza…

…el sabor a sangre me recordaba a mi infancia cuando por alguna extraña motivación lamí una lámina metálica. La siguiente patada fue a dar justo en mi ojo derecho con lo que sentí como se inflamaba inmediatamente. La última vez que mi madre me curó mis heridas había sido hace más de 14 años. El dolor en mi costado izquierdo era extremo y empeoraba cada vez que respiraba. Creo que de nuevo me habían roto una costilla. Con esfuerzo escupí una mezcla de saliva y sangre. Una nueva patada…


Y ahí en el suelo de ese callejón llevé mis manos a mis bolsillos. No tenía billetera ni celular. Rodé sobre mi adolorido cuerpo hasta quedar boca arriba e introduje mi mano en mis boxers. Del interior saqué la foto de María y la besé. Con mucho esfuerzo, más que el que me tomó la última vez, me levanté del suelo. El camino a casa era largo y tras lo sucedido se me haría aún más largo. Mi menté se perdió entre recuerdos y pensamientos autocompasivos a medida que mi cuerpo caminó rumbo a casa y mi alma se arrastró tras de este.

martes, 22 de abril de 2014

Para Tí

Y ahí me encontraba yo parado esperando a que el bus pasara. Parado esperando a que algo sucediera. Parado esperando a qué la vida siguiera. Parado esperando ese momento idílico que por tanto tiempo había construido en mi cabeza.

Germania, decía el letrero del bus, así que agitando mi mano con desgano lo detuve y lo abordé.

Como siempre sucedía yo solía ser de los primeros en subir a esa ruta específica, así que, como siempre,  fui a los últimos puestos y me senté en uno de los asientos, me acomodé, saqué mi libro y empecé a leer. Francamente me molestaba tomar esa ruta,  los buses eran viejos y olían mal, se llenaban pronto y en algunos asientos los resortes estaban salidos, pero era la única ruta que me servía para ir todos los 3 de cada mes a recoger el dinero de mi empleo. Una hora y media de trayecto, una eterna hora y media. 

El hombre que estaba parado al lado mío casi apoyaba su codo en mi cabeza, estaba tan cerca que  podía oler el café que había bebido antes de salir de casa esa mañana. Mi incomodidad era tal que yo empezaba a sudar y a considerar, como todos los 3 de cada mes solía hacerlo, la posibilidad de bajarme e irme a pie y tranquilo. Pero la idea se esfumaba rápidamente al pensar que tendría que atravesar esa multitud solo para descender del bus.

De repente, entre el ruido del bus, las voces y la música, mis oídos lograron escuchar una dulce voz que recitaba algo que llamó mi atención. Cerré mis ojos en un esfuerzo por concentrarme en su voz pero no logré determinar qué decía, aunque bien sabía que estaba leyendo en voz alta. Con gran esfuerzo y alejando al hombre que estaba parado a mi lado logré levantarme de mi asiento para poder ver quién era la dueña de esa voz, pero el intento fue infructuoso. El bus estaba tan lleno que al pararme lo único que logré fue que el hombre a mi lado pretendiera sentarse en mi puesto. Lo miré, con lo cual él entendió que no pensaba alejarme en ese momento. Mi mirada regresó a  escudriñar cada rincón del bus, observando todos los labios posibles a fin de ver cual coincidía con esa voz que no se detenía. Pero así como la voz llegó de la nada, desapareció. Mi esperanza desvaneció y empecé a sentarme de nuevo, pero con el rabillo de mi ojo logré ver una bella mujer que se paraba, tenía un libro en la mano, así que pensé que debía ser ella. El bus se detuvo para que ella descendiera y mientras tanto yo empujaba a todo el mundo como poseído por la más grande de las angustias. Debía hablar con ella inmediatamente. ¡Debía hacerlo!

El bus reanudó su marcha y yo seguía aún luchando por salir pero ya era demasiado tarde. Miré por la ventana lo suficiente para poder ver su rostro, aunque lo que realmente deseaba era escucharla. Nuevamente volví a empujar para regresar a mi puesto. En este se encontraba el hombre que anteriormente estaba parado a mi lado. Me miró y yo comprendí. Ese día seguiría de pie el resto de trayecto.

Durante los días siguientes a ese día en el bus no pude, ni tampoco quise, sacarla de mi cabeza. Su voz sonaba en mi cerebro como la más bella de las canciones que hubiese escuchado antes y la necesidad de volver a verla se iba acrecentando. Un buen día decidí tomar esa misma ruta, a la misma hora que lo había tomado. Pero en esta oportunidad me senté en el asiento de adelante para poder ver cuando ella se subiera. Lo hice ese día sin ningún resultado. Decidí intentarlo nuevamente al día siguiente, luego al día siguiente y al siguiente y al siguiente. De esa forma pasaron los siguientes 73 días de mi vida. A bordo de la ruta “Germanía”, de las 7 a las 8 y 30 de la mañana. Siempre en el asiento de adelante. Siempre atento a encontrarla. Al día 74 desistí.

Mi vida trascurrió igual que siempre. Aún esperaba qué algo sucediera. Aún esperaba qué la vida siguiera. Aún esperaba ese momento idílico que por tanto tiempo había construido en mi cabeza.

A diferencia del bus, la biblioteca era el lugar más pacífico del mundo. Allá había espacio para respirar y al hacerlo el olor a libros penetraba por mis fosas nasales hinchando mi pecho de felicidad. La gente era cordial y tranquila. Allá me sentía como en casa.

Ese día entré a la biblioteca e inmediatamente me dirigí a la sección de novelas colombianas, la cual estaba en el segundo piso. A medida que ojeaba los libros escuché una voz, esa voz. Era ella, pensé inmediatamente. Dejé de hacer lo que hacía y empecé a buscar de dónde provenía la voz. Me asomé por una baranda del segundo piso y la vi a ella, sentada en la sala común leyendo en voz alta. Instintivamente me dirigí hacía ella con ansiedad y emoción, pero a mitad de camino me detuve al pensar que no sabía qué decirle. ¿‘Hola. Oye, te escuché hace cuatro meses en un bus y te he estado siguiendo’? ¡No! Me recriminé. ¿’Hola, mi nombre es Darío, ¿cómo estás?’? Pfff, severo tonto, pensé. Y así me quedé pensando mientras me acercaba a ella. Ya me encontraba en el primer piso y la veía. Era hermosa. En un destello de creatividad decidí no hablarle. Decidí escribirle varios papelitos que le iría dando. Me senté en una mesa cercana a la de ella para no perderla de vista, y tomé una hoja del cuaderno y escribí por un rato.

Tomé la hoja y con gran valentía me paré, me acerque a ella y se lo entregue si decir ninguna palabra.

“Sé que te conozco, aunque tú no me conoces. Te conozco desde que tenía 8 años. Siempre has estado en mis sueños y desde ese entonces te he esperado” -leyó ella en voz alta-

Le entregué otro papel.

“Usualmente suelo escribir con facilidad pero hoy, ante ti, las palabras me evaden. Solo tengo una que ronda mi alma. Amor” –ella sonrió al acabar de leer la nota.

Mi rostro en ese momento no pudo ocultar la pena y se sonrojó. Ella me invitó a sentarme a su lado. Y así sin más ni más empezamos a hablar. Hablamos de todo, de libros, de música, de películas, del amor, de las injusticias de vida, de todo. Hablamos tanto que sin darnos cuenta el celador se acercó a nosotros para informarnos que la biblioteca ya estaba cerrando. Ambos nos paramos y nos miramos a los ojos. Para mí el tiempo se detuvo en ese instante, suspiré y me reincorporé.

Al salir de la biblioteca fuimos a un bar a seguir hablando mientras tomábamos un par de cervezas. Y así, entre palabras dichas nos fuimos acercando el uno al otro hasta tal punto que sus palabras parecían unirse a las mías y viceversa.

-Oye Darío, ¿quieres ir a mi casa? -dijo ella.

Yo simplemente la miré a los ojos mientras le dije que quería escuchar lo que ella escribía. Nos paramos de la mesa, pagamos y nos fuimos.

Curiosamente el  trayecto en el taxi fue muy silencioso pero al observarla veía un leve brillo en sus ojos que me hacía sentir bien. Al llegar a su casa entramos y sin mediar palabra ella me besó, a lo cual yo también la besé. La pasión dejó de ser una palabra en ese instante para convertirse en un minuto. Al separarnos nos miramos nuevamente a los ojos, nos tomamos de la mano y nos fuimos a su habitación.

Una vez adentro yo me recosté en su cama mientras ella me observaba.

-Cierra los ojos. -me dijo.

Yo los cerré sin miedo alguno. Pasaron algunos segundos donde escuchaba cajones abrirse y cerrase. Yo seguía con mis ojos cerrados. Súbitamente sentí su mano sobre la mía mientras ella empezó a leer. Sus palabras recorrían todo mi cuerpo desde la punta de mis pies hasta mi último cabello y a medida que lo hacían cada bello en mi cuerpo se erizaba. Las palabras me acariciaban, me animaban, me reconfortaban. Finalmente éstas se aproximaban juguetonas a mis oídos para entrar en ellos haciéndome llegar al más sublime de los éxtasis.  Ella lograba convertir las palabras en una maravillosa extensión de su alma, de su corazón, de su cuerpo. En sus palabras encapsulaba el odio y el amor, el diablo y dios, el día y la noche. Ella me leyó por mucho tiempo, y yo, feliz, con mis ojos cerrados la escuchaba. Al terminar sentí cómo se recostaba a mi lado. Me besó en la boca y dormimos.


Algunos se preguntarán qué pasó después de eso y mi respuesta es escueta. Aún nos leemos y nos escribimos y, ¡sí! Somos felices.

¿Y si…?

¿Y si nos arriesgamos?
¿Y si nos comemos el mundo a besos?
¿Y si nos desvelamos hablando?
¿Y si nos desgarramos la piel amándonos?
¿Y si escribimos juntos?
¿Y si no tenemos miedo?
¿Y si nos tomamos de la mano?
¿Y si nos leemos?
¿Y si construimos una casa?
¿Y si volamos como águilas?
¿Y si pateamos demonios?
¿Y si nos descubrimos viejos y juntos?
¿Y si somos felices?
 Y, ¡sí!

viernes, 18 de abril de 2014

El Desayuno

Todas las mañanas durante los últimos 10 años él se levantaba y preparaba el desayuno para su esposa y para él. Mientras lo hacía solía cantar. En algún punto siempre cantaba ‘With or Without You’ de U2. Luego de eso llevaba el desayuno a la habitación, colocaba el de su esposa sobre la mesa de noche de ella, luego colaba el de él sobre su mesa de noche, se recostaba y le daba un beso. Esa mañana él no cantaba. Preparó huevos revueltos con salchicha y chocolate con pan, lo que ella amaba comer al desayuno. El silencio en la casa era abrumador e incluso más ensordecedor que mil gritos juntos. Él subió a la habitación como siempre solía hacerlo. Su esposa estaba aún acostada en la cama. Colocó el desayuno de ella sobre su mesa de noche, luego el de él sobre la suya. En esta oportunidad él no se recostó a su lado ni la besó, simplemente se quedó parado observándola por algunos minutos mientras recapitulaba fragmentos de la noche anterior.
Al llegar juntos a casa, él le ayudó a subir a la habitación. Ella tenía un gran abrigo y debajo de este, una pijama.  Ella estaba demacrada y evidentemente enferma. Él le quitó la ropa y le puso una bata. Él también se quitó su ropa. Ambos se dirigieron al baño. Ella se sentó en el inodoro mientras él abrió la ducha y esperó que el agua estuviera moderadamente caliente. Le ayudó a su esposa a quitarse la bata y ambos entraron a la ducha. Una vez en su interior ambos se dieron un largo beso que era evidente que ninguno de los dos quería que terminara nunca. El agua caía sobre sus rostros mientras lo hacían ocultando las copiosas lágrimas que de ambos salían. Él se apartó un poco de ella, tomó un jabón y empezó a bañarla. Luego se bañó. Ambos salieron de la ducha y se acostaron desnudos bajo las cobijas y se abrazaron.
Su esposa solía fumar, aunque hacía más de 3 meses no se había fumado un solo cigarrillo. Él nunca había fumado en su vida. Caminó hasta la mesa de noche de ella y abrió uno de los cajones de la misma. Adentro había un paquete de cigarrillos que ella nunca terminó, a su lado un encendedor. Él tomó ambas cosas y se dirigió a la ventana. Tomó una silla que se encontraba cerca, sacó un cigarrillo de la caja, lo encendió, lo llevó a su boca y dio una gran y profunda bocanada. La tos no se hizo esperar pero al haber pasado dio otra bocanada, luego otra y luego otra. Acababa de empezar a fumar. A medida que él consumía el cigarrillo, sentado en la silla, continúo recordando la noche.
El silencio fue largo y doloroso para los dos mientras estuvieron abrazados pero se rompió con las palabras de ella.
-¿Sabes, Andrés? Desde el primer día en que te vi en la Universidad supe que ibas a ser el último hombre de mi vida, mi mejor amigo, mi amante y mi esposo. Y a lo largo de todos estos años a tu lado me he dado cuenta que es así. ¡Eres mi todo, amor!-
-Ese día en la Universidad, -dijo Andrés, -me pareciste la mujer más hermosa del mundo. ¡Te amo mi princesa!-
-Yo a ti amor-.
La noche se fue consumiendo mientras los dos continuaron recordando su historia de vida juntos. La primera vez que salieron. La primera vez que se besaron. La primera vez que se dijeron que se amaban mientras hacían el amor. Su matrimonio. Sus planes. Sus sueños. A veces en medio de la conversación ambos se quedaban callados por algunos minutos, luego se miraba y se besaban. Él en ningún momento dejó de consentirla.
El cigarrillo iba llegando a su fin y Andrés seguía observando a su esposa que yacía acostada en la cama. Una lágrima se escurrió con lentitud por su mejilla derecha. Apagó la colilla sobre la pared, se paró y se dirigió a ella. Sus pasos fueron lentos, como no queriendo llegar nunca a su lado. La noche anterior aún estaba fresca en su alma. Su última noche.
En algún punto de la conversación él se sentó y tomándola a ella la recostó sobre su regazo y así continuaron charlando. Un nuevo silencio se hizo presente en la conversación, él seguía consintiéndola y continúo hablándole. Pasados algunos minutos, durante los cuales solo él hablaba, el silencio de ella evidenció la triste realidad. Él tomo su cuerpo la acostó y la cubrió con las cobijas. Se paró de la cama y mientras las lágrimas corrían por sus mejillas miró el reloj de la habitación. 4:17 am. Su esposa acababa de morir luego de haber luchado por varios meses contra un cáncer. Él regreso a la cama, se acostó al lado de su esposa, la abrazó y continúo llorando hasta quedarse dormido.
Dio el último paso y se encontró al lado de su esposa. El llanto volvió a brotar de sus ojos sin que él pudiera evitarlo. Una gorda y pesada lágrima cayó sobre el rostro de ella. Él se agacho y tomando su frío rostro la beso fuertemente. Luego de eso se paró, tomó el teléfono y marcó un número.
-Hola señora Mariela. Infortunadamente ambos sabemos por qué llamo-.
Al otro lado del teléfono se escuchó el llanto del interlocutor. Andrés continuaba llorando mientras pidió que le comunicaran con Gabriel, su hijo de 8 años. Gabriel pasó al teléfono.
-¿Papi? -preguntó Gabriel.
-With or without you -empezó a cantar Andres- I can’t live, with or without you…-
  

Por Amor I

Y ahí me encontraba yo en medio de dolor más grande que hubiese sentido en toda mi existencia. Sabía bien que mi final estaba próximo y solo me restaba aguardar a qué este llegara. En algunas ocasiones me había preguntado cómo sería mi muerte, pero no imaginé algo así. El dolor se acrecentó súbitamente cuando otra parte de mi cuerpo fue arrancada. Nunca pensé que fuera a ser víctima de lo que no puede ser más que un juego maquiavélico y sádico. Podía verla directamente a sus ojos mientras ella lo hacía. Su boca se movía pronunciando palabras ininteligibles a medida que, con sus propias manos, destrozaba mi cuerpo. Ni mis gritos ni mis suplicas por misericordia parecían importarle. 

Esa mañana mientras yo me encontraba en el patio disfrutando del sol la vi aproximarse a mí. Su rostro poseía una dulzura digna de un ángel y una sonrisa radiante que competía con el brillo del sol. Sus ojos tenían una ternura inconmensurable. Era la mujer más bella que yo alguna vez había visto. Al acercar una de sus manos a mi cuerpo sentí sobre mí la calidez de su piel suave y tersa.  Fue en ese instante, con ese rostro dulce, con esa sonrisa radiante, con esa tierna mirada y con sus tersas manos que me tomó y desató su locura sobre mi cuerpo. Ahí empezó la tortura.

Nunca pensé que uno pudiese acostumbrarse al dolor, pero a medida que la tortura continuaba estaba descubriendo que sí es posible. Incluso me atrevería a decir que se puede llegar a vivir perpetuamente con el dolor. Creo que este  es tan natural en nuestra existencia como puede serlo la muerte. Ella seguía despedazándome y realmente ya no me importaba. Lo que más me dolía en ese instante no era tanto mi cuerpo destrozado e irreconocible, me dolía haber sido presa de sus encantos y de su engaño. Sabía que mi fin estaba a un par de segundos de distancia.

Alcancé a ver como un pedazo de mi cuerpo cayó al suelo luego de que ella lo arrancara. Y así, sin más ni más la vida se extinguió de mí ser.

-No lo amo. -dijo Sofía-, a medida que arrancaba el último pétalo de la Margarita que acaba de deshojar por completo. Miró el tallo inerte de la misma y simplemente lo botó.

-No lo amo. -repitió mientras se alejaba del patio-.  

miércoles, 16 de abril de 2014

Lógica

-¡Me declaro culpable del asesinato de ese niño! Su señoría. -dijo David-

Algunas lágrimas silenciosas se escurrieron en la sala de la corte dónde él era acusado del asesinato del joven Sebastián Gonzales, de 9 años. Los rostros de horror y repudio en la audiencia y en el jurado se manifestaron apenas él dijo esas palabras. El silencio fue breve, pero tan frío y cortante como el cuchillo que David había utilizado para acabar con la vida de ese tierno ángel aquella noche.

Esa noche David había salido de su casa a caminar alrededor de las 7pm. Llevaba puesto su abrigo de invierno debido al frío penetrante que le calaba los huesos.  Desde hacía 3 años las noches eran un martirio para él. Antes del incidente, él, su esposa, y sus dos hijos se sentaban alrededor de las 7pm para cenar juntos. La última vez que lo hicieron, José, su hijo de 3 años regó la comida y David lo regaño por tu torpeza. Nunca había podido superar que las últimas palabras que su hijo menor escuchó de parte de su padre fueron un regaño.

-Señor Rodríguez, -dijo el juez- dudo mucho que siendo usted su propia defensa el hecho de aceptar tan brutal crimen le genere algún tipo de rebaja de pena. Pero la ley es para todos. Prosiga.

-Gracias señoría, -dijo David- Señoras y señores del jurado, señoría. Mis primeras palabras ante ustedes han sido esas, me declaro culpable. No espero, ni deseo que ninguno de ustedes me absuelva de la pena máxima, la pena de muerte. No espero ni deseo que ninguno de ustedes reduzca mi condena. De hecho, al yo renunciar a mi derecho a ser defendido por un abogado y asumir mi propia defensa no tenía en mente defenderme en ningún momento de algo que no es defendible bajo ninguna perspectiva. Solo decidí aprovechar esta tribuna para explicar mi caso. Solo Dios sabe mis razones para hacer lo que hice y espero que en su misericordia me permita irme al infierno. Ahora ustedes, señoras y señores del jurado, su señoría, sabrán qué sucedió y por sobre todo, por qué sucedió.

David sabía que el joven Sebastián llegaba de su clase de violín alrededor de las 8pm por lo que, luego de haber caminado por un tiemp,o se escondió tras el gran Abedul que se encontraba en medio de las dos casas. Ese mismo Abedul que en algún momento albergó la casa en el árbol de su hijo mayor, Andrés. La casa en el árbol –pensó en voz alta-, mientras esperaba la llegada de quién sería su víctima. Inevitablemente los recuerdos llegaron a él como un puño al hígado…

Al entrar en la casa, luego de  la cena, el miedo hizo presa de él al observar un gran charco de sangre en la cocina. Su primer instinto fue empezar a gritar los nombres de sus hijos y esposa mientras entraba en las habitaciones de su casa, pero no logró encontrarlos. Con angustia llamó a la policía. Las palabras fueron una bizarra y dolorosa mezcla de gritos, llantos y gemidos de dolor. Mientras aguardaba a que la policía llegara empezó a observar la casa con mayor detenimiento y vio un rastro de sangre que salía por la puerta trasera de la casa. Siguió ese rumbo con ansiedad y aún con la esperanza de que su familia hubiese escapado a salvo de su agresor.  El rastro de sangre llevaba hacía la base del Abedul por lo que decidió subirlo para mirar en su interior.  

-Señor Rodríguez –interrumpió el juez-, no crea que con lo que desde ya se evidencia como un típico caso de hacerse la victima obtendrá alguna simpatía o logrará postergar la inevitable decisión.

-Para nada su señoría, -dijo David- no busco eso en lo absoluto. Yo deseo ser condenado lo más pronto posible, por lo que trataré de abreviar mi relato. Señores y señoras del jurado, su señoría, –continuó David- mi nombre es David Coronado. Si, el esposo de la tristemente famosa María Sánchez.

La ansiedad por la demora de Sebastián se estaba tornando imposible de sobrellevar. Estar tras el Abedul y recordarlo todo empezaba a generar ganas de arrepentirse de cometer tan vil acto, pero a su vez recordarlo todo le daba la fuerza para hacerlo. ¡Debo hacerlo! –se dijo a sí mismo-

Al ingresar a la casa en el árbol la imagen que encontró revolvió sus entrañas provocándole ganas de vomitar. En el interior de la casa en el árbol estaban los cadáveres de sus dos hijos, degollados. Y frente a él estaba su esposa, arrodillada y sosteniendo un cuchillo contra su propio cuello.  David se acercó lentamente a ella para quitarle el cuchillo, pero ella de un solo movimiento cortó su propio cuello. David se abalanzó y con sus manos hizo presión sobre la herida pero la sangre manaba a borbotones entre sus dedos. La mirada de su esposa se apagó inexpresiva.

-He de hacer un par de salvedades antes de continuar mi exposición. Cómo bien lo demostraron las investigaciones posteriores a ese doloroso día, mi amada esposa, quién tenía un largo historial de psicosis,  sufrió un ataque psicótico por culpa del psiquíatra que decidió suspenderle las medicinas, lo cual la llevó a realizar lo que realizó. Ella era la mujer más tierna del planeta y la mejor madre posible. Nunca he dejado de amarla, aunque lo que hizo nunca será perdonado por Dios. 

Finalmente Sebastián apareció y sin darse cuenta se fue aproximando a su final. Y además de todo lo dejan caminar solo a estas horas de la noche, ¡malditos!, -pensó David- mientras del interior de su abrigo sacaba un largo cuchillo. David salió de su escondite y se aproximó a Sebastián por su espalda sin que el tierno infante lo notara. Con su mano derecha tapo la boca del niño mientras con su mano izquierda clavó el puñal en la base de su cráneo causándole la muerte instantánea. Tomó el cuerpecito y lo puso en el suelo. Ya puedes descansar angelito, -dijo- mientras le besaba la frente con amor. Levantó su mirada solo para ver la ventana de Sebastián…

Casi tres años habían pasado ya desde el incidente y cómo siempre David salía alrededor de las 7pm a caminar. Acababa de pasar el Abedul cuando el llanto de un niño llamó su atención. David se quedó quieto para que poder escuchar bien y determinar su procedencia. Su cabeza giró hacía la ventana de Sebastián, el hijo de los vecinos. David se aproximó a esta pero se detuvo al escuchar las voces de dos hombres que hablaban entre ellos. David sólo entendió unas pocas palabras, suficientes para saber que sucedía.” Tu hijo es delicioso…”

-Señoras y señores del jurado, señoría. Cómo evidenciarán los documentos que he aportado a ustedes los padres de ese angelito no solo abusaban de él sino que además lo prostituían a sus más depravados amigos. Yo lo descubrí hace unos meses. Ahora bien, ustedes se preguntarán, ¿qué desquiciado decide, sabiendo esto,  matar al niño? Bueno, ya verán que dicha locura no es tal. Rápidamente explicaré mi lógica.
Los rostros de la gente en el estrado se encontraban en un estado de sorpresa tal que nadie se movía y la gente parecía ni siquiera respirar ante el relato del acusado.


-Cuando mi amada esposa asesinó a nuestros angelitos se condenó a si misma al infierno. Mis angelitos, como tales, están en el cielo. Sebastián, ese angelito, al ser asesinado por mí fue directo al cielo y no sufrió lo que hubiese sido una vida llena de dolores y traumas insuperables. Yo, al asesinar a ese angelito iré al infierno, con mi amada. Y los malditos padres irán a la cárcel con las pruebas que he aportado. Así es que señoras y señores del jurado, señoría, exijo para mí, por favor, la pena de muerte. Gracias.

lunes, 14 de abril de 2014

Sin Título -- Dedicado a Camila y su descanso.

La luz de un poste cercano entraba por la ventana de aquella habitación de motel e iluminaba su cuerpo sobre la cama. Ella fumaba un cigarrillo mientras cantaba su canción favorita, Down In A Hole de Alice In Chains. Mientras lo hacía, yo estaba sentado a sus pies observándola con detenimiento mientras también fumaba. Ella cogía una botella de Vodka, tomaba un sorbo y me ofrecía la botella. Yo tomaba un sorbo y se la devolvía. Al terminar la canción ella mi miraba con sus ojos vidriosos y una mirada ausente. Yo le acariciaba los pies. Ella volvía a poner la canción y seguíamos haciendo lo mismo. De repente en medio de una de esas tandas ella dejó de cantar, me miró fijamente y empezó a hablar:
“¿Sabes? Deberíamos irnos del país por un tiempo y alejarnos de toda esta mierda para siempre. Irnos a un pueblo olvidado de Dios, conseguir una casita en las afueras con un huerto y un jardín. Yo puedo dedicarme a la música y tú a escribir. ¡Es más! ¡Hagamos música! Tu escribe las letras y yo hago los arreglos musicales.”    
Mientras hablaba ella se rascaba las piernas con ansiedad.
“Yo conozco un man, amigo de mi hermana” –continuó- “él es productor musical y nos puede ayudar con eso. El álbum se llamará Clean…
Al decir esto se quedó en silencio por algunos segundos, se acercó y me beso los labios cortamente. Tomó la botella de Vodka y dio un profundo sorbo. Prendió un cigarrillo, puso nuevamente la canción y se puso a cantar. Yo tomé la botella, di un sorbo y continúe observándola mientras mi alma se arrugaba al verla.  A veces ella me miraba como queriendo decir algo y luego evadía la mirada para seguir cantado.  En un momento volvió a hablar.
“La casa se debería llamar La Primavera como el cuadro de Botticelli. Tiene que ser de madera, ¡esas casas son una chimba! Quiero un perro, ¿Un Husky? ¡Se va a llamar Ratón!”
Las carcajadas salieron de su ser llevando consigo mucho dolor y tristeza.
“¿Quiero limpiarme, me ayudas por favor?”
En ese instante la tomé de las manos y empecé a decirle que ella contaba conmigo un 100% para hacerlo. Que huyéramos juntos. Que todo saldría bien.
A mitad de mi charla ya había notado que su mente no estaba conmigo de nuevo, más aun así continúe hablándole. Me acerqué a ella y la abracé fuerte, ella hizo lo mismo. Me aparto, me miró a los ojos y me dio un beso.  Se alejó. Tomó la botella de Vodka y dio otro sorbo. Prendió un cigarrillo, puso nuevamente la canción y se puso a cantar. Yo tomé la botella, di un sorbo y continúe observándola mientras mi alma se arrugaba al verla.  La canción terminó al igual que el alcohol y los cigarrillos. Nos acostamos y nos quedamos dormidos mientras nos abrazábamos.
Al despertar ella ya se había ido de la habitación. Sobre la mesa de noche había una nota.
“Lindo, usted sabe que lo quiero pero mis demonios son más fuertes. Hace tres días compré el tiquete a Los Ángeles. Viajo en unas horas. Ingreso a una clínica de desintoxicación y empezaré a luchar por mi sueño. Algún día lo contactaré de nuevo para que se venga para acá. Lo quiero con mi alma. Camila. PD. ¡Rock N’ Roll For Ever!”
Mientras las lágrimas huían adoloridas de mi alma supe que nunca más volvería a saber de ella. Solo deseé con todo mí ser que encontrase su paz…

Hoy 14 de Abril del 2014 supe que el pasado Jueves la encontró. Descansa en Paz Camila.

domingo, 13 de abril de 2014

Última Vez

La fachada estaba llena de luces que le alborotaban su fotofobia. A las afueras había varias personas que fumaban con ansiedad sus cigarrillos, esperando a finalizarlos para volver a ingresar. En la entrada había dos guardias de seguridad con rostros secos y adustos. Él se encontraba afuera observando, en su mano derecha tenía un papel enrollado. Ajustó sus gafas oscuras, se subió la cremallera de su saco de lana y se dirigió a la entrada. Uno de los guardias lo saludó con un leve movimiento de la cabeza a lo cual él respondió con el mismo movimiento. Las puertas se abrieron.
El interior del establecimiento estaba lleno de luces y del ruido ensordecedor de gente gritando y de máquinas que realizaban sonidos de campanas, pitos y chillidos variados. Por todas partes deambulaban meseras llevando bandejas con vasos de licor y pasa bocas. En el centro del establecimiento había un gran tablero electrónico con muchas cifras que cambiaban de cuando en cuando y que al hacerlo generaba que los gritos se exacerbaran. Él caminó con seguridad a través de la gente, meseras, ruidos y distracciones directo a unas escaleras en espiral. Las subió y se encontró frente a una puerta con dos guardias de seguridad, cuyos rostros eran aún más secos y adustos que los de la entrada principal. Al aproximarse a la puerta ellos lo requisaron exhaustivamente. Luego abrieron la puerta y entró.
El olor a tabaco era penetrante y a diferencia del entorno exterior, este era silencioso, sobrio y con un aire intimidante. Al frente de él había dos sillones en donde varios hombres de traje y corbata hablaban a un volumen tan bajo que era casi inaudible. Su tan conocida sensación de angustia y arrepentimiento empezó a llegarle como siempre solía hacerlo cuando entraba a esa habitación. Un hombre de edad vestido de smoking se le aproximó y lo saludo cordialmente. Él le devolvió el saludo.  Este hombre de edad lo condujo por un corto corredor hasta una sala en cuyo centro había una gran mesa de póquer con varios hombres en silencio jugando cartas mientras fumaban puros y tomaban Coñac. Todos voltearon a verlo. Uno de estos hombres se paró, se acercó a él  y con un tono amable empezó a hablarle:
-“Hola Raúl. La verdad no creí verlo por acá de nuevo desde lo que pasó la última vez. ¿Acaso no aprendió usted la lección cuando perdió su empresa en esta mesa de juego? La verdad, a ninguno nos importa si usted pierde todo pero por alguna razón yo no quiero verlo caer completamente. ¡Váyase! Aún está a tiempo de salvar lo que le queda”.
Él sin prestarle mucha atención a su interlocutor le dijo que esta sería la última vez que apostaba, pero que necesitaba recuperar su empresa. No tenía otra opción.  Él hombre aceptó la decisión y se alejó hacía la mesa y se volvió a sentar.  
La ansiedad acababa de dar pasó a un gran flujo de adrenalina. Era ahora o nunca. Se acercó a la mesa y sobre ella, desenrolló los papeles y los puso encima. Acababa de poner las escrituras de su casa y los papeles de su auto. Respiró profundo y exigió que la apuesta fuera a una sola mano de Blackjack. El dealer barajó las cartas y le entregó dos. Él se quedó mirando las cartas sin tomarlas, finalmente se decidió a hacerlo. Las miró, un 7 de picas y un 4 de tréboles. Pidió otra carta. Un 4 de picas. Necesito un 6, pensó mientras pedía otra carta. 5 de picas. La duda lo embargó, 20. Decidió plantarse y esperar lo mejor. El dealer puso sus dos primeras cartas, un 7 de corazones y un 5 de picas. Tercera carta, 5 de picas. El dealer arrojó la cuarta carta, un 5 de picas.
Él no pudo contener su emoción y grito: ¡Gané!
La cara de emoción era indescriptible. Por fin había ganado, por fin se había recuperado, ¡por fin! Sin esperar a que se tentara por apostar de nuevo, el señor le entrego los documentos de su empresa y le dio instrucciones para que se fuera inmediatamente. Él no lo pensó dos veces y con celeridad salió de esa habitación. Cruzó la primera puerta para encontrarse de nuevo en medio del bullicio y luces del casino. Los rostros de los perdedores lo impresionaron. Era agradable ganar.
Cruzó la puerta de la entrada principal. El guardia que a la entrada lo saludo moviendo la cabeza volvió a realizar el mismo gesto, pero esta vez él se acercó y lo abrazó. La felicidad lo embargaba, sabía que se había librado de su yugo. Por fin era libre. Empezó a cruzar la calle y observó las estrellas, las cuales lo maravillaron, eran hermosas…

Repentinamente todos los papeles que llevaba en la mano volaron por los aires al igual que su cuerpo mientras un auto se alejaba a toda velocidad. El cuerpo de Raúl caía al suelo inerte mientras los guardias de seguridad y algunos transeúntes se apresuraban a auxiliarlo. No hubo nada que hacer. Ganó la mano y perdió la vida. 

viernes, 11 de abril de 2014

La cura

El sótano se encontraba iluminado por una fuerte luz incandescente que le daba a todo en su interior un aire de pureza. Distribuidas estratégicamente se encontraban varias máquinas de soporte respiratorio, de monitoreo de signos vitales y otros sistemas de apoyo. En el centro del sótano había dos camillas. En una de ellas se encontraba una mujer acostada y que parecía estar dormida. Tenía puesta una túnica blanca que hacía que la palidez de su piel se acentuara. La belleza de esa mujer era incomparable. La segunda camilla se encontraba vacía. En la puerta del sótano se encontraban dos mujeres, vestidas con batas blancas, tapabocas y gorros. Evidentemente eran enfermeras. Hablaban entre ellas con cierto aire de preocupación mientras parecían aguardar a que alguien llegara.

La puerta del sótano se abrió con brusquedad y al hacerlo entró un hombre joven. Caminó con seguridad y determinación  hacia la camilla donde se encontraba la mujer. Las dos enfermeras que se encontraban hablando detuvieron su charla abruptamente y caminaron detrás del joven. Este se aproximó a la mujer en la camilla y leyó los números en las maquinas a las cuales ella se encontraba conectada.

-¿Algún cambio en la presión arterial? Preguntó a las enfermeras sin observarlas.

-No doctor. Ella se encuentra estable. Dijo una de ellas.

-¿La saturación?

-96%. Respondió la otra.

El joven se alejó de la mujer y caminó hacía un rincón del sótano donde empezó a hablar solo por un momento.

‘Todo va a salir bien D. Todo va a salir muy bien. Los ensayos previos, a excepción del penúltimo fueron un éxito rotundo. Ella va a estar bien. Ella va a estar bien D. Tengo que controlar todas las variables, esta vez no va a fallar, no puede fallar.’

Las dos enfermeras lo observaban impávidas y sin musitar palabra.

El joven se volteó con fuerza hacía ellas y les dijo:

-¡Es hora de empezar!

Las enfermeras se acercaron a las máquinas, empezaron a oprimir botones, se movían de un lado a otro desplazando cosas y organizando implementos médicos. Era evidente que no era la primera vez que realizaban este procedimiento. Él, mientras tanto, se aproximó nuevamente hacia la camilla donde la bella mujer yacía. Retiró con delicadeza la máscara de oxígeno del rostro de ella y besó suave y tiernamente su boca, luego se acercó a su oído y le susurró: Te salvaré, mi amor. Puso la máscara de oxígeno en su rostro y se alejó hacía una estante repleto de medicinas varias.

Las enfermeras se pararon a su lado mientras él tomó unos frascos con un líquido que decía “Suero 37h15”, lo observó detenidamente y se dirigió a la camilla vacía. Se quitó toda la ropa y se puso una bata blanca, como la de la mujer a su lado. Se recostó y dio la orden de empezar.

Una de las enfermeras canalizó una vena en el brazo izquierdo del joven mientras la otra le puso una máscara de oxígeno sobre su rostro y dejó fluir el gas.  Luego cada una tomo un frasco del “Suero 37h15” y lo conectaron al catéter que conectaba con la vena de ellos. Lentamente el líquido empezó a gotear mientras ellas se limitaban a observar y de cuando en cuando a revisar los datos en las múltiples maquinas a las cuales se encontraban conectados. El joven, que se encontraba recostado, a veces preguntaba datos a lo cual ellas diligentemente respondían. Los frascos se fueron desocupando hasta que la última gota del suero cayó.

-Doctor, el suero se acabó.

-Inicien la segunda etapa.

Una de las ellas inmediatamente puso un nuevo catéter en el brazo derecho del joven mientras la otra hacía lo mismo en uno de los brazos de la mujer en la camilla. Luego llevaron lo que parecía ser una máquina de transfusiones sanguíneas  y la pusieron en medio de las dos camillas, conectaron los catéteres del joven y la mujer a esta y oprimieron varios botones. La sangre empezó a fluir fuera del cuerpo de ellos hacía la máquina y luego de regreso a su cuerpo. Mientras este proceso se llevaba a cabo, el joven empezó a hablar solo de nuevo.

-‘Siento que está funcionando D. Va a funcionar. Ella estará bien. Todo saldrá bien D.’

El  proceso de la sangre tomó bastante tiempo; tiempo que al joven se le hizo eterno. Su pierna derecha se movía ansiosamente mientras preguntaba frecuentemente los datos a las mujeres.

Un pito en la maquina rompió la monotonía de la situación. Las dos enfermeras se acercaron a la maquina a revisarla.

-Doctor, el proceso ha finalizado.

El joven se incorporó en la camilla mientras se removía los catéteres y la máscara de oxígeno. Se paró con celeridad pero al hacerlo trastabilló a lo cual ambas enfermeras lo sostuvieron. Él las miró, se soltó y se acercó a las máquinas a las cuales ella, su amor, se encontraba conectada. Revisó varios datos para luego acercarse al rostro de ella.  Con gran delicadeza empezó a acariciarle el rostro mientras la observaba. Todo el tiempo repetía: “Vamos amor, despierta, vamos amor despierta”.

-¿Doctor, y qué va a pasar con usted cuándo ella despierte?- Dijo una de las mujeres.

-Nosotros vimos el resultado de las pruebas. Nosotros sabemos qué va a pasar. Pero lo prioritario es que ella despierte sana. –Respondió él con frialdad-

-Doctor…

Las mujeres siguieron hablándole pero él no les ponía atención alguna. Solo observaba a su amada ahí, en la camilla. Repentinamente ella empezó a mover sus extremidades con lentitud. Paulatinamente sus ojos se abrieron.

Lo primero que ella vio fueron los grandes ojos de su amado que la miraba con una cara de felicidad indescriptible. Él se acercó a ella y se besaron fuertemente.

Rápidamente tanto las enfermeras como el joven empezaron a revisar las máquinas y sus datos. Él se veía un poco frenético y sus actuar era acelerado. De cuando en cuando iba a donde su amada y le hablaba al oído.  Lentamente la mujer se fue incorporando en la camilla. Observándolo todo, tratando de ubicarse.

-¿Amor, qué pasó? ¿Dónde estamos? Preguntó ella.

-Estamos en el sótano. En tu última crisis quedaste tan mal… pero espero haberte curado amor. –le respondió él mientras continuaba monitoreando las maquinas

Rápidamente el extrajo otro frasco del gabinete, y con una jeringa saco el líquido del mismo. Se aproximó a su amada y la inyectó. Ella simplemente lo miraba absorta y con felicidad. El rostro del joven empezó a llenarse de gotas de transpiración a lo cual las enfermeras se miraron.

-Doctor, siéntese tenemos que ponerle suero ya. Dijo una de ellas.

-Ya no hay tiempo. ¡Debemos terminar el procedimiento lo antes posible! –respondió-

El joven se veía cada vez más acelerado y congestionado a medida que corría revisándolo todo hasta que mirando una cinta de papel que salía de una de las maquinas exclamó:

-¡Lo logré amor! ¡Lo logré! ¡Estás curada!-

La alegría en el sótano duró muy poco. El rostro del joven empezaba a palidecer. Él se acercó a ella. Sus ojos estaban vidriosos y con un dejo de angustia. La besó fuertemente, se sentó a su lado y se recostó en sus piernas. Ella empezó a acariciarle el cabello. El corazón de él latía cada vez más rápido. Las enfermeras se encontraban estáticas observando. Sabían bien que ya no había vuelta atrás, que no podían hacer ya nada. Todo el sótano se llenó de tristeza y de un silencio sepulcral.

Ellos dos se conocieron ya hacía 3 años, en medio de una de las crisis de ella. En aquella oportunidad él la encontró en la calle, postrada en el suelo llorando. Él la levantó y la llevó a su apartamento donde la cuidó. Nunca más se separaron.  

Mientras su amada aún le consentía el cabello, la vida de D. se extinguió. Todos sabían que ese iba a ser el resultado. Él había jurado curarla de su enfermedad aun a costa de su vida, y esa en esa madrugada había cumplido su palabra.


jueves, 10 de abril de 2014

Encierro

El tedio de ir de un lado al otro sin poder hacer más era desesperante. No lograba entender el porqué de su encierro, cuando hasta hace algunos días tenía la libertad que necesitaba, que merecía, la libertad con que nació. Su último recuerdo como un ser libre fue el de estar con sus hermanos,  felices jugando cuando los atraparon. No volvió a saber de ellos ni de su familia. No sabía bien cuánto tiempo llevaba encerrado pero era mucho tiempo, un segundo sin ser libre era demasiado. La puntualidad de sus captores era algo que le desesperaba. Todos los días a las 7am le daban su alimento. Todos los días aseaban su sitio de encierro. Todos los días y muchas veces al día veía el rostro de aquel ser que se quedaba observándolo, haciéndolo sentir profundamente incómodo, en ocasiones golpeaba las paredes de su sitio de encierro  haciendo que el sonido se propagara enloqueciéndolo. ¡Era una tortura constante!

No existía posibilidad de escape de su prisión. Esta era esférica y de algún material traslúcido. En su interior había alguna especie de ambientación que, macabramente, esperaba simular el exterior, pero que lo único que lograba era generar un ambiente de martirio permanente. Definitivamente sus captores no eran más que unos sádicos completos. Lo secuestraron a fin de entretenerse con su encierro.  

Esa mañana como siempre le arrojaron su alimento a las 7am. Lo observaron y se fueron. Era la última vez que lo molestarían. Decidió dejar de comer y así poder escapar de una vez por todas.


A la mañana siguiente Felipe se levantó como todos los días, feliz a ver a su amado pez, pero este flotaba en el agua. Muerto.

Su Droga

Aquél día se levantó, como todos los días, con un pensamiento en su cabeza. Necesitaba un poco más de esa droga para llegar a la noche y poder dormir. Aun sentía un poco del efecto de la dosis del día anterior, lo cual le dio fuerzas suficientes para bañarse, comer un pan y salir a la calle a buscar lo que tanto necesitaba. 
Tomó el primer bus que iba rumbo a dónde encontraría su tan anhelada droga. El trayecto transcurrió entre sollozos y remembranzas de la noche anterior. Al llegar a su destino saltó del bus con la ansiedad propia de quien, habiendo aguantado la respiración por largo tiempo, busca el oxígeno. Caminó presuroso y llegó a su destino. “El Edén”, era el nombre del bar frente al cual él esperaba. Entró y se sentó. Pagó por adelantado seis cervezas y se concentró en tomarlas, sabía bien que el alcohol haría de la espera algo más llevadero.
Se encontraba ya acabando su cuarta cerveza cuando vio entrar a esa mujer. ¡A esa mujer! El siguiente sorbo de cerveza fue largo y profundo. Pasaron 16 minutos y se paró de la mesa, se aproximó a ella y luego de presentarse y pedir permiso para sentarse se pusieron a hablar. La noche transcurrió entre más cervezas, aguardiente y muchísimas palabras. Él, como siempre, a pesar de su notoria ebriedad y la necesidad de su droga, habló por largo rato. A veces escuchaba pacientemente con genuino interés. En un momento de lo que ya era la madrugada él se aproximó a ella y continuaron su entretenida platica.
No era la primera vez que él hacía esto, podría decirse que era “un conocedor” en el tema. Lentamente y con el sigilo propio de quién ya ha vivido más de una vida se fue acercando a ella. La besó. Se apartó. El efecto fue inmediato. Los sueños se dispararon como siempre solían hacerlo. ¿La playa? ¿El mar? ¿El sol? ¿Viajar? ¿Ser felices?
Ella continuó hablando acerca de un tema al cual él no prestaba atención pero ante el cual asentía matemáticamente. Mientras ella hablaba, el efecto de su droga, ilusionarse,  se acentuaba cada vez más. ¿Casarnos? ¡De una! ¿Hijos? ¿Cuántos vamos a querer? ¡Es que por ti hasta mi alma!
El último sorbo de alcohol se dividió en dos, ¡él compartiría todo con esa mujer!
Un beso de despedida por parte de ella. Acompañarla a tomar un taxi. Otro beso de despedida.
El camino rumbo a casa siempre le resultó difícil pero, como siempre, llegó a casa, se masturbó con los residuos de su droga, de su ilusión, y se durmió con la certeza que esta vez sería la última. Que sería feliz por fin.
Aquél día se levantó, como todos los días, con un pensamiento en su cabeza. Necesitaba un poco más de esa droga para llegar a la noche y poder dormir. Aun sentía un poco del efecto de la dosis del día anterior...

martes, 8 de abril de 2014

Evolución de un Amor

¡Ay!
Andas.
Suspiras.
Nos miramos.
Nos abrazamos.
Nos quedamos callados.
Nos amamos con nuestras almas.
Nos quedamos callados.
Nos abrazamos.
Nos miramos.
Suspiras.
Andas.
¡Ay!

lunes, 7 de abril de 2014

Proceso

Él observaba sus manos arrugadas, resecas y llenas de cicatrices mientras la lluvia que caía salpicaba sus desnudos pies. Las manchas de pintura y el olor a trementina habían sido reemplazados hacía ya muchos años por las manchas del mugre y el olor a humos varios.  Su cabello gris, largo y enredado, al igual que su barba, denotaban el inclemente paso del tiempo para este personaje.
Bajo el momentáneo abrigo del resquicio de una pared, Andrés sacó su pipa, la pipa de turno. Con gran práctica la llenó, la prendió con uno de los fósforos que aún le quedaban y aspiró en repetidas ocasiones con una gran ansiedad. Luego la guardó en un bolsillo de una vieja maleta que cargaba, una maleta que incluso parecía más vieja que el propio Andrés. De esa misma maleta sacó un pedazo de cigarrillo, pero al hacerlo, de esta salió una foto en blanco y negro que por su calidad denotaba que era muy vieja. En esa foto salía un hombre de algo más de 35 años, alto y con un elegante vestido. En su mano derecha llevaba a una niña de alrededor 9 años con un abundante cabello negro y rizado. Andrés soltó la foto y prendió el pedazo de cigarrillo para luego continuar viendo la fotografía. Su rostro no tenía expresión alguna mientras lo hacía, de hecho, su único movimiento era para depositar con cuidado la ceniza en la caja de fósforos.  A medida que consumía su cigarrillo y observaba la fotografía empezó a escuchar una dulce voz que le hablaba.

-¿Me enseñas a pintar papi?
-¡Claro princesa! Ven, acércate.
-¡Papi! No me untes pintura en la cara.
-Tu te untas sola princesa. No te pintes la cara.
-jajaja ¡Papi! Te voy a  pintar tu carota fea.

Una lágrima pesada y cargada se empezó a escurrir por la mejilla derecha de Andrés, la cual él limpio con su manga. Metió nuevamente la mano en la maleta y extrajo la pipa.  El proceso fue el mismo. Llenar, prender, aspirar.

-Papi, ¿por qué llora mami? ¡No entiendo!
-Princesa…
-¿Papi?

Andrés soltó nuevamente la fotografía para esculcar en su maleta por un momento. De su interior sacó un sobre de papel. Antes de abrirlo Andrés miró con recelo a todos lados. Lo abrió y sacó un mechón de cabello negro y rizado. Lo acercó a su nariz y lo olió profundamente. El mechón no tenía olor alguno pero para Andrés dicho mechón aún olía a su princesa.

-¡Papi! ¡Llévame contigo! ¡No me quiero quedar!
-Princesa… Papi debe irse solo. Allá no dejan ir niñas.
-¡Papi yo no soy una niña! ¡Yo quiero irme contigo!

La imagen de Andrés abrazando a Andrea y besándole la frente empezó a dar vueltas por su cabeza sin parar. ¡Rápidamente! ¡El proceso! Llenar, prender, aspirar…

La calle se encontraba sola debido al fuerte aguacero que caía en toda Bogotá. Al frente de donde Andrés se encontraba había una gran plazoleta. Esta se estaba completamente sola pero Andrés podía ver en ella a Andrea, sentada bajo la lluvia llamándolo. Andrés guardó con cuidado el mechón y la fotografía en la maleta. Con gran dificultad se paró, agarró la maleta y empezó a caminar bajo la lluvia mientras llamaba a Andrea. Su silueta se perdió a lo lejos mientras cruzó a la derecha para entrar a la olla. 

domingo, 6 de abril de 2014

Breve Nota de Suicidio

No sé cómo empezar esto. Todas la palabras que quiero usar dan vueltas en mi cabeza enredándose unas con otras. Empiezo.
Hacía mucho tiempo sabía que el final debía llegar pero no sabía cuándo tendría el valor de aceptarlo y asumirlo. Y triste o felizmente ese cuando es hoy.

Los momentos que precedieron a mi decisión transcurrieron entre amor y felicidad. No tendría sentido abandonarlo todo pero igual decido hacerlo. No sé qué me deparará, no sé si recordaré los momentos felices, los rostros de los seres que me rodean, pero igual es el momento indicado. Es extraño no querer hacer algo pero aun así deber hacerlo. Siempre impulsado por ese motor invisible que todo lo impulsa, que me impulsa. Todo finalizará rápidamente, eso lo sé. La verdad no temo al final, ni tampoco temo a qué pueda suceder más adelante, solo tengo miedo de que me olviden. ¿Será que después de mi partida me recordarán? ¿Qué recordarán de mí? ¿Me juzgarán como un buen ser? Deseo que en todo este tiempo yo haya podido dejar amor en todos quienes han tenido contacto conmigo.

Ahora viene el cómo lo haré. A lo largo de lo que ha sido una eternidad he conocido de muchos métodos  para hacerlo. Yo solo quiero recostarme y cerrar los ojos.  

Sé que muchos no entenderán mi decisión y que muchos la cuestionarán. Les parecerá irracional y estúpido. Solo les puedo decir que estoy totalmente de acuerdo, pero algunos tenemos nuestro destino trazado con antelación y desde siempre he sabido que este es mi destino.

Quisiera despedirme frente a frente pero el tiempo apremia. Tengo que hacerlo ya. Sin más palabras pero con todo que decirlo me despido. Con todo mi corazón y alma deseo que la felicidad los embargue a todos. ¡Adiós!


Se recostó y cerró sus ojos como había decidido hacerlo. La oscuridad que lo embargó momentáneamente dio paso al más aterrador de los escenarios, uno que él nunca pudo intuir. Acababa de nacer.